Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
La mayoría evitamos contar nuestros propios días de cerca. Se siente mórbido, o al menos incómodo — un recordatorio de que el calendario no es infinito y nosotros tampoco. Pero este versículo hace un giro inesperado: trata esa conciencia no como algo de qué huir, sino como el camino mismo hacia la sabiduría.
Piensa en qué distinto pasarías una tarde si realmente creyeras que no tienes tardes ilimitadas por delante. No de forma temerosa, sino con lucidez — el tipo de claridad que corta el ruido de las cosas que en realidad no importan y te señala lo que sí. La mayoría vivimos como si tuviéramos la eternidad, lo cual, en silencio, nos da permiso para seguir posponiendo lo importante.
Esto no es un llamado a la ansiedad por la muerte. Es una invitación a un tipo de honestidad que la mayoría evita — el hecho simple del tiempo limitado — y la sabiduría que suele crecer solo en quienes están dispuestos a enfrentarlo.
Si pensar con honestidad sobre tus días limitados remueve algo en ti, ese incomodo tal vez valga la pena seguirlo en vez de apartarlo.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.