Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.
Fíjate en la regla de medida de este mandamiento: como a ti mismo. No más que a ti mismo, en una proeza imposible de abnegación — como a ti mismo. Lo que ya presupone algo antes de que llegue el mandamiento: que ya sabes cuidar tus propias necesidades, proteger tus propios intereses, perdonar tus propios errores. El mandamiento solo pide que extiendas ese mismo instinto hacia afuera.
Jesús llama a esto uno de los dos mandamientos más grandes, junto al de amar a Dios. Es una combinación llamativa — como si la forma en que tratas a las personas a tu alrededor fuera inseparable de todo lo que dices creer sobre Dios. No se puede separar las dos cosas con un muro.
Tu prójimo, en la historia que Jesús cuenta en otro lugar, no es necesariamente la persona fácil de amar. Es quien esté de hecho frente a ti, por más inconveniente que sea. Vale la pena detenerse en esto con honestidad — no como culpa, sino como una pregunta real sobre quién está de hecho frente a ti hoy.
Si alguna vez te preguntaste cómo se ve el amor cuando de verdad es puesto a prueba por la vida diaria, este mandamiento es un buen lugar para empezar a mirar.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.